miércoles, 7 de marzo de 2012

Les morts

"Je ne pouvais pas savoir qu'on ne gagne jamais contre un mort".

Philippe Grimbert, Un secret

domingo, 5 de febrero de 2012

¿Orgullo?

¿Orgullo? ¿De verdad crees que es una cuestión de orgullo? ¿Que la razón por la que he decidido apartarte de mi vida es ésa? Estás equivocada. Lo malo y lo triste es que no sé si tú lo sabes. No se trata de orgullo, de un "no te hablo porque no me hablas", o de un "como te enfadas conmigo me enfado yo más". Es que te he subido a una balanza, y lo que me aportas pesa tan poco, que, cuando la miro, uno de los platos está prácticamente vacío. Sólo te salvan el peso de los años y algo del cariño que te fui guardando a lo largo de todos ellos. Pero poco más.

Yo odio que la gente mienta y tú lo haces a cada rato. A mí, o a los demás. Pero lo que es peor es que te mientas a ti, y que lo lleves haciendo tanto tiempo. Que te engañes y prefieras vivir en un engaño, sólo porque no tienes cojones a enfrentarte a la idea de perseguir tus sueños. Porque no te mueves porque temes fracasar, pero a mí me parece que más fracasas rindiéndote a una vida mísera y cómoda, escrita con lápiz y emborronada, llena de tachones. Y que aguantes que lo que más veces esté tachado seas tú. Que seas una mancha que no sale y que se acepta con resignación y con pereza.

Creo que, de no ser por esa gran mentira en la que vives, podría ignorar más fácilmente todas las otras pequeñas cosas que me molestan de ti. Cómo lloras si te juzgan y luego juzgas tú la primera. O cómo envidias y tratas de hundir a los que consideras mejores que tú. Tal vez cómo, torpemente, tratas de caer siempre de pie y de tener la razón como un niño pequeño, mirando hacia otro lado cuando te señalan tus errores. Porque no eres capaz de reconocerlos. Prefieres ignorarlos y vivir pensando que tu vida no es una porquería por tu puta culpa y porque no haces nada, absolutamente nada, por cambiarla.

Igual ni me importaría cómo hablas de mí a mis espaldas, mientras a mí me dices que me tienes en un pedestal. Cómo te quejas de cómo te hablo, sólo porque tú no tienes las narices de hacerlo y prefieres despellejarme cuando yo no esté en vez de dar la cara y decir lo que piensas. O cómo pretendes que los demás lo dejen todo por ti, que pregunten cómo te va o que se preocupen por tus cosas, cuando tú olvidas lo que a los demás les importa porque estás demasiado despistada mirándote el ombligo. Que te creas que, si a alguien le importas, te va a ir eternamente detrás, cuando si lo intentan hacer, tú desprecias sus intentos y los relegas a cuando a ti te dé la gana de atenderlos. Pero no. Al final por lo más tonto, todo eso ha pesado más.

Es que te miro y me das pena. Sí, me das pena porque no eres ni la sombra de lo que eras, y porque, de todas las posibles formas en que podrías haber evolucionado, has elegido la peor. Me da lástima mirar atrás y ver ahora en lo que te has convertido. Y más todavía que hagas como que estás orgullosa de ello, por no desmoronarte y darte cuenta del asco que te das a ti misma. Porque piensas que ya no tienes remedio, que no hay vuelta atrás... Pero es que no te enteras de que te hemos ofrecido mil manos y a todas les has escupido. ¿Y de verdad te crees que si no te la tiendo otra vez es por orgullo? Yo ya no te doy la mano porque ya ni siquiera quiero tocarte. No quiero tener nada que ver contigo mientras sigas siendo una estúpida engreída que se dedica a una persona que sólo le hace caso porque no hay nadie más que la aguante.

Te juro que he intentado quererte, serte incondicional y no alejarme nunca del todo de ti. Pero es que me he cansado de ponerte la otra mejilla y que ni siquiera me la abofetees porque estás distraída mirando siempre al mismo lado. Al sitio donde te vas a acabar pudriendo. De donde vas a querer salir sólo cuando ya sea demasiado tarde. Al lugar donde estás enterrada, y de donde crees que ya no puedes escapar.

En serio, no es una cuestión de orgullo. Es que ya no encuentro ninguna forma de excusar todo lo que detesto de ti.

domingo, 1 de enero de 2012

Resurrección

Tenía las uñas largas. Un poco más de lo que acostumbraba. La piel fría. Fría y seca, como los labios, que parecían haberse cortado hacía tiempo. La sangre a su alrededor formaba una pequeña costra encima de ellos, de mis labios, cuyo tono morado destacaba junto a la palidez de mi rostro. Los ojos parecían haberse perdido entre las cuencas. No miraban a ninguna parte, pero seguían abiertos. El pelo estaba blanco, como cubierto de polvo o de arena, no estoy segura. Estaba tan oscuro que apenas podía apreciarse. No hablaba, porque no podía hablar. No me movía, porque no podía moverme.

Entonces me acordé de ti, y fui capaz de mover los dedos, clavándolos en la tierra, que estaba por todas partes. Algo se descolocó y fuiste tú el que se acordó de mí, y una lágrima me devolvió los ojos, que lo veían todo negro. Negro, pero veían. Conseguí abrir la boca y pasé la lengua sobre los labios. La sangre seca se desprendió, y la saliva me hizo daño mientras los volvía a hidratar un poco. Cerré el puño, y las uñas estaban más cortas. Cortas, pero arañaban y me hice sangre en la mano. La sangre estaba caliente mientras brotaba de mis manos heladas.

Volví a pensar en ti y me revolví en mi tumba, desbaratando la tierra que me cubría. Logré sacar una mano, y el sol devolvió su temperatura a mi cuerpo. Y ahí la cogiste, manchándote con mi sangre. Tiraste y salí, entera. Mi piel se oscureció y se me cayó el polvo de encima. Y te vi con mis nuevos ojos, que eran los viejos. Lo sabía. Sabía que tú también me estabas esperando. Sabía que por eso había vuelto a la vida. Otra vez.

jueves, 15 de diciembre de 2011

La sensación

Es curiosa. La sensación, digo. Ésa de cuando deseas algo con todas tus fuerzas y al final lo acabas encontrando, y tardas un poco en ser consciente de que por fin lo has conseguido.

Estás durante un tiempo pensando en una cosa. Algo que te gustaría que pasara, alguien con quien quisieras reencontrarte, o todo al mismo tiempo. Lo deseas tanto que lo construyes y lo tiras de nuevo abajo cada día, en tus fantasías. De tanto imaginarlo crees que lo vas a gafar. Que no podrá suceder, porque ya has pensado en todas las formas en que podría pasar, y nunca pasa nada del mismo modo en que lo pensamos.

Pero ocurre. Como si pudieses invocar algo o a alguien y conseguir que finalmente apareciese. De una de las forma en que lo habías soñado o de cualquier otra. Así o asá, qué más da. Es magia, y si en realidad no lo es tampoco importa: se parece demasiado.

No habías fantaseado sólo con lo que querías. Habías imaginado también la alegría que te daría encontrarlo. Se te salió el corazón del pecho con sólo pensarlo. Y, cuando por fin sucede, estás como demasiado en calma. Emocionada pero contenida. Como un grito que se ahoga en la garganta justo antes de salir. Consigues acostarte, no ya pensando en lo que querías, sino en lo que ya tienes. Sin tener que imaginarlo todo, sino sólo completando lo que ya estás viviendo.

Estás encantada y sonriente, pero aún no has soltado la carcajada. Pero no te preocupa. Sólo te inquieta. Sabes que no es que esperases demasiado y no se cumplen ahora tus expectativas. Que el problema no es que quisieras más de lo que has obtenido. Es solamente que aún no te lo crees. Y, entonces, cuando por fin te lo creas, te reirás hasta que te duela. Te reirás hasta que acabes llorando. Y ésa será otra gran sensación. Ésa será la felicidad.

domingo, 20 de noviembre de 2011

Menuda putada

Es una putada. Es una putada hacer algo (o dejar de hacerlo, en su caso), pensar que has hecho lo correcto y sentirte mal. Pensar que has hecho lo correcto a pesar de que te haga sentir mal. Porque eso significa que hacer lo correcto no siempre te hace ganar a ti. Que la solución a un gran problema puede tener como mal menor que tú te jodas. Yo que pensaba que eso sólo pasaba en las películas... Y es que claro, "a veces son necesarias algunas bajas para el bien común". Pero menuda putada que la baja tenga que ser la tuya.

Game over. Y ya no me quedan más vidas.

viernes, 14 de octubre de 2011

De verdad...

"Si de verdad quieres hacer algo lo haces, no lo guardas para tu epitafio".

Gregory House, House M.D.

Mi buena memoria

Siempre pensé que tenía una buena memoria. Era capaz de recordar cosas que otros habían olvidado, aun incluso cuando no tenían demasiado que ver conmigo. Tal vez, precisamente, mi memoria sea buena sólo para lo que no me atañe directamente. O quizás sea que con el tiempo se ha ido volviendo selectiva.

Apenas recuerdo mi infancia. Algunos trazos, dibujos... pero nunca o prácticamente nunca un mapa completo. Además, nunca me gustó escribir un diario, así que son pocas las notas que tengo para acordarme de algunas partes de mi vida.

Con los años, recordar se me fue haciendo más sencillo. El avance tecnológico ha hecho que ahora podamos llevar con nosotros una cámara de fotos en todo momento. Captamos muchos más momentos y de forma más precisa. Los logs, en los ordenadores, registran cada una de nuestras palabras tal cual las escribimos. Un vistazo y ni siquiera hace falta hacer memoria: tienes las conversaciones que tuviste hace varios años delante de ti, como si de un mágico espejismo se tratara, capaz de proyectar en tu pantalla el pasado.

Esa suerte de memoria accesoria, los logs, me gustan y a la vez los odio. Son tan tangibles que parecen de verdad. Pero no lo son. Lo que cuentan ya no es ahora. Como los emails. Da igual que los releas mil veces, pues el contenido que guardan ya no es actual. Por mucho que los mires, por más que observes de nuevo todas esas letras juntas, ya no significan nada. Es como mirar un cadáver tumbado en el suelo: por fuera es la persona que era cuando estaba viva, pero por dentro ahora es, simplemente, nada.

Lo bueno que tienen es que te dan la oportunidad de ver las cosas con perspectiva. Te colocas frente a ellos años después y ves. Y te ves. Y te das cuenta de si has sido una imbécil o de si lo han sido contigo.

Y sí. Es una pena descubrirse una estúpida, por mucho que una ya lo sospechara. Pero no es mucho menos deprimente darte cuenta de que alguien a quien querías sólo te escribía para dedicarte palabras de desprecio. Que, si veía que tenías una herida, te la apuñalaba para que no dejase de sangrarte. Y si acaso estabas sana, te rajaba entera y te hurgaba en las heridas mientras te susurraba que él también te quería.

Quizás debería haber confiado un poco más en mi memoria selectiva. Ésa que sólo quería acordarse de todo lo bueno que creía que habías hecho por mí. La que apartaba tus insultos, tus arrebatos, tus malas maneras... Tu manía de tratar de reducirme, de intentar humillarme o de reírte de mí. La que a pesar de todo eso te seguía queriendo y te echaba de menos. La que se ríe de mis sentimientos y de mi razón, haciéndoles creer, aún hoy, que tú en realidad no eres así.