Gregory House, House M.D.
viernes, 14 de octubre de 2011
Mi buena memoria
Siempre pensé que tenía una buena memoria. Era capaz de recordar cosas que otros habían olvidado, aun incluso cuando no tenían demasiado que ver conmigo. Tal vez, precisamente, mi memoria sea buena sólo para lo que no me atañe directamente. O quizás sea que con el tiempo se ha ido volviendo selectiva.
Apenas recuerdo mi infancia. Algunos trazos, dibujos... pero nunca o prácticamente nunca un mapa completo. Además, nunca me gustó escribir un diario, así que son pocas las notas que tengo para acordarme de algunas partes de mi vida.
Con los años, recordar se me fue haciendo más sencillo. El avance tecnológico ha hecho que ahora podamos llevar con nosotros una cámara de fotos en todo momento. Captamos muchos más momentos y de forma más precisa. Los logs, en los ordenadores, registran cada una de nuestras palabras tal cual las escribimos. Un vistazo y ni siquiera hace falta hacer memoria: tienes las conversaciones que tuviste hace varios años delante de ti, como si de un mágico espejismo se tratara, capaz de proyectar en tu pantalla el pasado.
Esa suerte de memoria accesoria, los logs, me gustan y a la vez los odio. Son tan tangibles que parecen de verdad. Pero no lo son. Lo que cuentan ya no es ahora. Como los emails. Da igual que los releas mil veces, pues el contenido que guardan ya no es actual. Por mucho que los mires, por más que observes de nuevo todas esas letras juntas, ya no significan nada. Es como mirar un cadáver tumbado en el suelo: por fuera es la persona que era cuando estaba viva, pero por dentro ahora es, simplemente, nada.
Lo bueno que tienen es que te dan la oportunidad de ver las cosas con perspectiva. Te colocas frente a ellos años después y ves. Y te ves. Y te das cuenta de si has sido una imbécil o de si lo han sido contigo.
Y sí. Es una pena descubrirse una estúpida, por mucho que una ya lo sospechara. Pero no es mucho menos deprimente darte cuenta de que alguien a quien querías sólo te escribía para dedicarte palabras de desprecio. Que, si veía que tenías una herida, te la apuñalaba para que no dejase de sangrarte. Y si acaso estabas sana, te rajaba entera y te hurgaba en las heridas mientras te susurraba que él también te quería.
Quizás debería haber confiado un poco más en mi memoria selectiva. Ésa que sólo quería acordarse de todo lo bueno que creía que habías hecho por mí. La que apartaba tus insultos, tus arrebatos, tus malas maneras... Tu manía de tratar de reducirme, de intentar humillarme o de reírte de mí. La que a pesar de todo eso te seguía queriendo y te echaba de menos. La que se ríe de mis sentimientos y de mi razón, haciéndoles creer, aún hoy, que tú en realidad no eres así.
Apenas recuerdo mi infancia. Algunos trazos, dibujos... pero nunca o prácticamente nunca un mapa completo. Además, nunca me gustó escribir un diario, así que son pocas las notas que tengo para acordarme de algunas partes de mi vida.
Con los años, recordar se me fue haciendo más sencillo. El avance tecnológico ha hecho que ahora podamos llevar con nosotros una cámara de fotos en todo momento. Captamos muchos más momentos y de forma más precisa. Los logs, en los ordenadores, registran cada una de nuestras palabras tal cual las escribimos. Un vistazo y ni siquiera hace falta hacer memoria: tienes las conversaciones que tuviste hace varios años delante de ti, como si de un mágico espejismo se tratara, capaz de proyectar en tu pantalla el pasado.
Esa suerte de memoria accesoria, los logs, me gustan y a la vez los odio. Son tan tangibles que parecen de verdad. Pero no lo son. Lo que cuentan ya no es ahora. Como los emails. Da igual que los releas mil veces, pues el contenido que guardan ya no es actual. Por mucho que los mires, por más que observes de nuevo todas esas letras juntas, ya no significan nada. Es como mirar un cadáver tumbado en el suelo: por fuera es la persona que era cuando estaba viva, pero por dentro ahora es, simplemente, nada.
Lo bueno que tienen es que te dan la oportunidad de ver las cosas con perspectiva. Te colocas frente a ellos años después y ves. Y te ves. Y te das cuenta de si has sido una imbécil o de si lo han sido contigo.
Y sí. Es una pena descubrirse una estúpida, por mucho que una ya lo sospechara. Pero no es mucho menos deprimente darte cuenta de que alguien a quien querías sólo te escribía para dedicarte palabras de desprecio. Que, si veía que tenías una herida, te la apuñalaba para que no dejase de sangrarte. Y si acaso estabas sana, te rajaba entera y te hurgaba en las heridas mientras te susurraba que él también te quería.
Quizás debería haber confiado un poco más en mi memoria selectiva. Ésa que sólo quería acordarse de todo lo bueno que creía que habías hecho por mí. La que apartaba tus insultos, tus arrebatos, tus malas maneras... Tu manía de tratar de reducirme, de intentar humillarme o de reírte de mí. La que a pesar de todo eso te seguía queriendo y te echaba de menos. La que se ríe de mis sentimientos y de mi razón, haciéndoles creer, aún hoy, que tú en realidad no eres así.
martes, 11 de octubre de 2011
La lógica
Cuando tenía 12 ó 13 años descubrí los problemas de lógica. Me gustaron bastante y me parecieron muy entretenidos. Además, eran sencillos, porque sólo había que usar, evidentemente, la lógica. Y eso es algo que, en teoría, sabemos hacer todos. En teoría.
Algunos años después, en el instituto, descubrí la lógica formal, la de clases... También era muy fácil y también me encantaba, aunque prácticamente el resto de la clase la detestase. Creo que resolviendo aquellas pizarras enteras de ceros y unos, sentía aquello a lo que Mihaly Csikzentmihalyi llamó flujo.
Lo que hace a la lógica sencilla es, en mi opinión, que es lo más obvio que puedes pensar. No hay que hacer interpretaciones ni tener nada más en cuenta, excepto lo que te dan. La clave la tienes ahí, en un pedazo de papel, y no tienes que buscar más pies al gato. Ésa misma es una de las razones por las que me gusta la verdad. Es mucho más sencillo decir la verdad, aunque joda, aunque duela, aunque avergüence, que mentir. Mentir requiere de mucha más elaboración si se quiere mentir bien. E imaginación. Son cosas que la mayoría de la gente no domina todo lo bien que una buena mentira requiere. Supongo que, por eso, la mayoría de la gente no miente nada bien.
También es por ese motivo que me gustan las ciencias, se me den mejor o peor. Explican cosas, tienen fórmulas. No hay cuestiones de fe y cuentan con una mayor objetividad. En realidad, creo que son más fáciles, aunque a veces se nos puedan llegar a hacer tan complicadas. Lo que pasa es que requieren de más lógica y de más memoria de las que solemos emplear a diario. De hecho, en nuestra vida cotidiana, normalmente, no utilizamos la lógica. Tiramos de heurísticos y así ahorramos tiempo. Y alguna gente se acostumbra tanto a ellos que luego ya no puede volver a la lógica de verdad.
Al final, creo que lo obvio, en general, no gusta. Y sin embargo otros lo agradecemos, porque bastantes jeroglíficos imposibles de resolver tenemos ya por ahí, a los que ojalá encontrásemos la lógica.
Algunos años después, en el instituto, descubrí la lógica formal, la de clases... También era muy fácil y también me encantaba, aunque prácticamente el resto de la clase la detestase. Creo que resolviendo aquellas pizarras enteras de ceros y unos, sentía aquello a lo que Mihaly Csikzentmihalyi llamó flujo.
Lo que hace a la lógica sencilla es, en mi opinión, que es lo más obvio que puedes pensar. No hay que hacer interpretaciones ni tener nada más en cuenta, excepto lo que te dan. La clave la tienes ahí, en un pedazo de papel, y no tienes que buscar más pies al gato. Ésa misma es una de las razones por las que me gusta la verdad. Es mucho más sencillo decir la verdad, aunque joda, aunque duela, aunque avergüence, que mentir. Mentir requiere de mucha más elaboración si se quiere mentir bien. E imaginación. Son cosas que la mayoría de la gente no domina todo lo bien que una buena mentira requiere. Supongo que, por eso, la mayoría de la gente no miente nada bien.
También es por ese motivo que me gustan las ciencias, se me den mejor o peor. Explican cosas, tienen fórmulas. No hay cuestiones de fe y cuentan con una mayor objetividad. En realidad, creo que son más fáciles, aunque a veces se nos puedan llegar a hacer tan complicadas. Lo que pasa es que requieren de más lógica y de más memoria de las que solemos emplear a diario. De hecho, en nuestra vida cotidiana, normalmente, no utilizamos la lógica. Tiramos de heurísticos y así ahorramos tiempo. Y alguna gente se acostumbra tanto a ellos que luego ya no puede volver a la lógica de verdad.
Al final, creo que lo obvio, en general, no gusta. Y sin embargo otros lo agradecemos, porque bastantes jeroglíficos imposibles de resolver tenemos ya por ahí, a los que ojalá encontrásemos la lógica.
lunes, 26 de septiembre de 2011
Sueño gore
El otro día tuve un sueño bastante gore. No creo que hiera sensibilidades, pero si alguien tiene dudas, que deje de leer.
Tengo un pendiente en el ombligo. Es lo que se conoce con el nombre de "banana", por la forma que tiene. En cada extremo tiene una bola, una más grande debajo y una más pequeña arriba, que se enrosca para dejarlo cerrado. En el sueño, había perdido la bola pequeñita. Es algo relativamente normal, aunque a mí sólo me ha pasado dos veces en doce años y ambas la acabé encontrando. Me puse a buscarla y pensé que no me gustaría no encontrarla y tener que comprar otro pendiente, ya que llevo tantos años con el mismo. Me daba mucha pena pensar en la posibilidad haberla perdido para siempre. Buscaba y buscaba y no aparecía, pero de pronto me di cuenta de que, al no tener sujeción, y al ser la bola de debajo más grande y pesada, el pendiente iba a salirse del agujero. Como no quería que eso pasara (es algo que nunca me ha hecho demasiada gracia), la sujetaba y la subía para que no se saliera la barra del agujero. Y debe ser que deseaba con tantas fuerzas no perder el pendiente, que subí tanto y tan bruscamente la bola, que se me empezó a meter también por el agujero. Empecé a sangrar, y la bola cada vez estaba más metida en el agujero. Hasta que se desprendió el pequeño trozo de piel de delante del agujero. Ya no podría volver a ponerme ahí un pendiente. Y cada vez había más sangre en mi abdomen.
El sueño acabó ahí. No encontré la bola pequeñita, y tratando de no perder el pendiente destrocé el agujero, haciendo imposible ponérmelo otra vez, la encontrase o no. Y me pregunté si no me pasa eso mismo con algunas personas. Algo se rompe. Se estropea. No es nada serio, pero hay un pequeño problema. Yo me empeño en tratar de arreglarlo, a mi manera. De la única manera que en ese momento se me ocurre. Pero lo único que consigo es estropearlo todo más. Convertir una estúpida diferencia en un momento dado en una sangría irrecuperable.
Lo peor de todo, es que alguna vez lo he hecho adrede. Lo he llenado todo de sangre, porque hay ciertos pendientes que una no puede llevar, por muy bonitos que sean. Y yo ya no sé qué hacer con este ombligo destrozado. Forzarlo a llevar de nuevo el pendiente nunca me ha salido bien, pero es que yo no quiero llevar otro ni colocarme otro adorno diferente. Así que me imagino que me olvidaré del pendiente y ya está. Por lo menos podré contemplar cada vez que lo desee la cicatriz que me ha dejado, y recordar lo bonito que era todo cuando todavía no nos habíamos manchado de sangre.
Tengo un pendiente en el ombligo. Es lo que se conoce con el nombre de "banana", por la forma que tiene. En cada extremo tiene una bola, una más grande debajo y una más pequeña arriba, que se enrosca para dejarlo cerrado. En el sueño, había perdido la bola pequeñita. Es algo relativamente normal, aunque a mí sólo me ha pasado dos veces en doce años y ambas la acabé encontrando. Me puse a buscarla y pensé que no me gustaría no encontrarla y tener que comprar otro pendiente, ya que llevo tantos años con el mismo. Me daba mucha pena pensar en la posibilidad haberla perdido para siempre. Buscaba y buscaba y no aparecía, pero de pronto me di cuenta de que, al no tener sujeción, y al ser la bola de debajo más grande y pesada, el pendiente iba a salirse del agujero. Como no quería que eso pasara (es algo que nunca me ha hecho demasiada gracia), la sujetaba y la subía para que no se saliera la barra del agujero. Y debe ser que deseaba con tantas fuerzas no perder el pendiente, que subí tanto y tan bruscamente la bola, que se me empezó a meter también por el agujero. Empecé a sangrar, y la bola cada vez estaba más metida en el agujero. Hasta que se desprendió el pequeño trozo de piel de delante del agujero. Ya no podría volver a ponerme ahí un pendiente. Y cada vez había más sangre en mi abdomen.
El sueño acabó ahí. No encontré la bola pequeñita, y tratando de no perder el pendiente destrocé el agujero, haciendo imposible ponérmelo otra vez, la encontrase o no. Y me pregunté si no me pasa eso mismo con algunas personas. Algo se rompe. Se estropea. No es nada serio, pero hay un pequeño problema. Yo me empeño en tratar de arreglarlo, a mi manera. De la única manera que en ese momento se me ocurre. Pero lo único que consigo es estropearlo todo más. Convertir una estúpida diferencia en un momento dado en una sangría irrecuperable.
Lo peor de todo, es que alguna vez lo he hecho adrede. Lo he llenado todo de sangre, porque hay ciertos pendientes que una no puede llevar, por muy bonitos que sean. Y yo ya no sé qué hacer con este ombligo destrozado. Forzarlo a llevar de nuevo el pendiente nunca me ha salido bien, pero es que yo no quiero llevar otro ni colocarme otro adorno diferente. Así que me imagino que me olvidaré del pendiente y ya está. Por lo menos podré contemplar cada vez que lo desee la cicatriz que me ha dejado, y recordar lo bonito que era todo cuando todavía no nos habíamos manchado de sangre.
viernes, 23 de septiembre de 2011
Ain't no mountain high enough
Listen, baby,
ain't no mountain high,
ain't no valley low
ain't no river wide enough, baby...
If you need me, call me,
no matter where you are,
no matter how far...
Don't worry baby!
Just call my name,
I'll be there in a hurry,
you don't have to worry,
'cause baby...
There ain't no mountain high enough,
ain't no valley low enough,
ain't no river wide enough
to keep me from getting to you, babe.
Remember the day
I set you free,
I told you
you could always count on me.
From that day on I made a vow,
I'll be there when you want me,
some way, somehow,
'cause baby...
There ain't no mountain high enough,
ain't no valley low enough,
ain't no river wide enough
to keep me from getting to you, babe
Oh no, darling...
No wind, no rain...
All winter's cold can't stop me, baby...
If you're ever in trouble
I'll be there on the double,
just sing for me, oh, baby!
My love is alive
way down in my heart,
although we are miles apart...
If you ever need a helping hand,
I'll be there on the double
as fast as I can...
Don't you know that
there ain't no mountain high enough,
ain't no valley low enough,
ain't no river wide enough
to keep me from getting to you, babe.
Don't you know that
there ain't no mountain high enough,
ain't no valley low enough,
ain't no river wide enough,
ain't no mountain high enough,
ain't no valley low enough...
ain't no mountain high,
ain't no valley low
ain't no river wide enough, baby...
If you need me, call me,
no matter where you are,
no matter how far...
Don't worry baby!
Just call my name,
I'll be there in a hurry,
you don't have to worry,
'cause baby...
There ain't no mountain high enough,
ain't no valley low enough,
ain't no river wide enough
to keep me from getting to you, babe.
Remember the day
I set you free,
I told you
you could always count on me.
From that day on I made a vow,
I'll be there when you want me,
some way, somehow,
'cause baby...
There ain't no mountain high enough,
ain't no valley low enough,
ain't no river wide enough
to keep me from getting to you, babe
Oh no, darling...
No wind, no rain...
All winter's cold can't stop me, baby...
If you're ever in trouble
I'll be there on the double,
just sing for me, oh, baby!
My love is alive
way down in my heart,
although we are miles apart...
If you ever need a helping hand,
I'll be there on the double
as fast as I can...
Don't you know that
there ain't no mountain high enough,
ain't no valley low enough,
ain't no river wide enough
to keep me from getting to you, babe.
Don't you know that
there ain't no mountain high enough,
ain't no valley low enough,
ain't no river wide enough,
ain't no mountain high enough,
ain't no valley low enough...
Marvin Gaye & Tammi Terrell, Ain't no mountain high enough
martes, 20 de septiembre de 2011
No recuerdo quién soy
Me he estado leyendo a mí misma aquí hace algunos años y me he dado cuenta de que no me conozco. Estoy de acuerdo con lo que leo, sé que lo he escrito yo aunque a veces no lo recuerde... pero es como si leyese a otra persona. Me veo ahí atrás, en el pasado, y me parece darme cuenta de mil cosas que cuando aquello era presente pasaba por alto. Pero no sólo eso. Es que los demás tampoco sabían gran cosa de mí. Aun si les gritaba en la cara no se daban cuenta. No se daban por aludidos.
Ya me vine dando cuenta estos días atrás. Que lo que pienso y lo que hago o demuestro pocas veces logro que se corresponda. Que tal vez haya cosas de mí que ignore porque no las quiero saber, y eso se termina traduciendo en un montón de incongruencias entre mis actos y mis deseos, que pocas veces soy capaz de transmitir.
Pero, ¿quién se conoce? Tal vez lo mío no sea tan raro. La gente todo el rato miente, así que quién dice que no se mienta continuamente. Yo quiero ser sincera y me esfuerzo por serlo, pero parece que con quien más trabajo me cuesta serlo es conmigo.
De todos modos, aunque no sepa quién soy, aún me reconozco. Me asusto por sentir ciertas cosas con mucha intensidad, pero en realidad son las que ya sentía antes. Me asombra haber sido capaz de cosas que ahora me creo que no están a mi alcance. Y al final me parece que no es que ya no me conozca: sólo que había olvidado quién soy. En el fondo sigo siendo la misma, y mi testarudez me ha seguido hasta aquí.
Ya me vine dando cuenta estos días atrás. Que lo que pienso y lo que hago o demuestro pocas veces logro que se corresponda. Que tal vez haya cosas de mí que ignore porque no las quiero saber, y eso se termina traduciendo en un montón de incongruencias entre mis actos y mis deseos, que pocas veces soy capaz de transmitir.
Pero, ¿quién se conoce? Tal vez lo mío no sea tan raro. La gente todo el rato miente, así que quién dice que no se mienta continuamente. Yo quiero ser sincera y me esfuerzo por serlo, pero parece que con quien más trabajo me cuesta serlo es conmigo.
De todos modos, aunque no sepa quién soy, aún me reconozco. Me asusto por sentir ciertas cosas con mucha intensidad, pero en realidad son las que ya sentía antes. Me asombra haber sido capaz de cosas que ahora me creo que no están a mi alcance. Y al final me parece que no es que ya no me conozca: sólo que había olvidado quién soy. En el fondo sigo siendo la misma, y mi testarudez me ha seguido hasta aquí.
viernes, 16 de septiembre de 2011
Mis días...
"Y tenía miedo de los días, que pasaban sin piedad de todas formas".
竹本 祐太, Honey & clover
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