Ocurrió en Italia. En alguna parte de La Toscana. El viaje era sencillo, un trayecto de poco más de una hora en autobús. Pero, por primera vez, luché para no dormirme porque quería seguir contemplando aquel paisaje. Tan verde, tan frondoso, tan vivo... Con árboles cuyas ramas parecían no tener fin. Con cultivos trazados con escuadra y cartabón. Con florecillas a lo largo del camino que salpicaban de un rojo intenso la hierba.
En sus campos aún se veía el trazado que había seguido el tractor. De vez en cuando, entre tanto verdor, se asomaba una pequeña cabaña rústica llena de encanto. Incluso las casas medio derruidas parecían palacios en aquel enorme jardín que bordeaba la carretera.
Vi a un hombre, solo, corriendo por allí en medio. Y entonces lo entendí. Hasta aquel momento me había parecido absurdo emprender guerras por un pedazo de tierra, pero entonces lo entendí. Es algo así como un joven cuando se enamora, que es capaz de matar a quien se interponga entre él y su amada. Cuando ves un sitio que te gusta tanto, te dan ganas de poseerlo. De ser dueño de su destino para cuidarlo como crees que nadie más lo haría, al no admirar como tú su belleza. Igual que el amante piensa que nadie podrá querer tanto al objeto de su amor como él lo hace.
Me pareció normal, entonces, que hubiese gente que matase por aquel sitio. Creo que comprendí cómo se pudo sentir mucha gente al principio de los tiempos, cuando los intereses de la humanidad aún no habían sido corrompidos por la política o el dinero. Cómo pudo empezar todo y por qué. Y en ese momento también me di cuenta de otra cosa: me había enamorado de Italia.
lunes, 4 de junio de 2012
miércoles, 7 de marzo de 2012
Les morts
"Je ne pouvais pas savoir qu'on ne gagne jamais contre un mort".
Philippe Grimbert, Un secret
domingo, 5 de febrero de 2012
¿Orgullo?
¿Orgullo? ¿De verdad crees que es una cuestión de orgullo? ¿Que la razón por la que he decidido apartarte de mi vida es ésa? Estás equivocada. Lo malo y lo triste es que no sé si tú lo sabes. No se trata de orgullo, de un "no te hablo porque no me hablas", o de un "como te enfadas conmigo me enfado yo más". Es que te he subido a una balanza, y lo que me aportas pesa tan poco, que, cuando la miro, uno de los platos está prácticamente vacío. Sólo te salvan el peso de los años y algo del cariño que te fui guardando a lo largo de todos ellos. Pero poco más.
Yo odio que la gente mienta y tú lo haces a cada rato. A mí, o a los demás. Pero lo que es peor es que te mientas a ti, y que lo lleves haciendo tanto tiempo. Que te engañes y prefieras vivir en un engaño, sólo porque no tienes cojones a enfrentarte a la idea de perseguir tus sueños. Porque no te mueves porque temes fracasar, pero a mí me parece que más fracasas rindiéndote a una vida mísera y cómoda, escrita con lápiz y emborronada, llena de tachones. Y que aguantes que lo que más veces esté tachado seas tú. Que seas una mancha que no sale y que se acepta con resignación y con pereza.
Creo que, de no ser por esa gran mentira en la que vives, podría ignorar más fácilmente todas las otras pequeñas cosas que me molestan de ti. Cómo lloras si te juzgan y luego juzgas tú la primera. O cómo envidias y tratas de hundir a los que consideras mejores que tú. Tal vez cómo, torpemente, tratas de caer siempre de pie y de tener la razón como un niño pequeño, mirando hacia otro lado cuando te señalan tus errores. Porque no eres capaz de reconocerlos. Prefieres ignorarlos y vivir pensando que tu vida no es una porquería por tu puta culpa y porque no haces nada, absolutamente nada, por cambiarla.
Igual ni me importaría cómo hablas de mí a mis espaldas, mientras a mí me dices que me tienes en un pedestal. Cómo te quejas de cómo te hablo, sólo porque tú no tienes las narices de hacerlo y prefieres despellejarme cuando yo no esté en vez de dar la cara y decir lo que piensas. O cómo pretendes que los demás lo dejen todo por ti, que pregunten cómo te va o que se preocupen por tus cosas, cuando tú olvidas lo que a los demás les importa porque estás demasiado despistada mirándote el ombligo. Que te creas que, si a alguien le importas, te va a ir eternamente detrás, cuando si lo intentan hacer, tú desprecias sus intentos y los relegas a cuando a ti te dé la gana de atenderlos. Pero no. Al final por lo más tonto, todo eso ha pesado más.
Es que te miro y me das pena. Sí, me das pena porque no eres ni la sombra de lo que eras, y porque, de todas las posibles formas en que podrías haber evolucionado, has elegido la peor. Me da lástima mirar atrás y ver ahora en lo que te has convertido. Y más todavía que hagas como que estás orgullosa de ello, por no desmoronarte y darte cuenta del asco que te das a ti misma. Porque piensas que ya no tienes remedio, que no hay vuelta atrás... Pero es que no te enteras de que te hemos ofrecido mil manos y a todas les has escupido. ¿Y de verdad te crees que si no te la tiendo otra vez es por orgullo? Yo ya no te doy la mano porque ya ni siquiera quiero tocarte. No quiero tener nada que ver contigo mientras sigas siendo una estúpida engreída que se dedica a una persona que sólo le hace caso porque no hay nadie más que la aguante.
Te juro que he intentado quererte, serte incondicional y no alejarme nunca del todo de ti. Pero es que me he cansado de ponerte la otra mejilla y que ni siquiera me la abofetees porque estás distraída mirando siempre al mismo lado. Al sitio donde te vas a acabar pudriendo. De donde vas a querer salir sólo cuando ya sea demasiado tarde. Al lugar donde estás enterrada, y de donde crees que ya no puedes escapar.
En serio, no es una cuestión de orgullo. Es que ya no encuentro ninguna forma de excusar todo lo que detesto de ti.
Yo odio que la gente mienta y tú lo haces a cada rato. A mí, o a los demás. Pero lo que es peor es que te mientas a ti, y que lo lleves haciendo tanto tiempo. Que te engañes y prefieras vivir en un engaño, sólo porque no tienes cojones a enfrentarte a la idea de perseguir tus sueños. Porque no te mueves porque temes fracasar, pero a mí me parece que más fracasas rindiéndote a una vida mísera y cómoda, escrita con lápiz y emborronada, llena de tachones. Y que aguantes que lo que más veces esté tachado seas tú. Que seas una mancha que no sale y que se acepta con resignación y con pereza.
Creo que, de no ser por esa gran mentira en la que vives, podría ignorar más fácilmente todas las otras pequeñas cosas que me molestan de ti. Cómo lloras si te juzgan y luego juzgas tú la primera. O cómo envidias y tratas de hundir a los que consideras mejores que tú. Tal vez cómo, torpemente, tratas de caer siempre de pie y de tener la razón como un niño pequeño, mirando hacia otro lado cuando te señalan tus errores. Porque no eres capaz de reconocerlos. Prefieres ignorarlos y vivir pensando que tu vida no es una porquería por tu puta culpa y porque no haces nada, absolutamente nada, por cambiarla.
Igual ni me importaría cómo hablas de mí a mis espaldas, mientras a mí me dices que me tienes en un pedestal. Cómo te quejas de cómo te hablo, sólo porque tú no tienes las narices de hacerlo y prefieres despellejarme cuando yo no esté en vez de dar la cara y decir lo que piensas. O cómo pretendes que los demás lo dejen todo por ti, que pregunten cómo te va o que se preocupen por tus cosas, cuando tú olvidas lo que a los demás les importa porque estás demasiado despistada mirándote el ombligo. Que te creas que, si a alguien le importas, te va a ir eternamente detrás, cuando si lo intentan hacer, tú desprecias sus intentos y los relegas a cuando a ti te dé la gana de atenderlos. Pero no. Al final por lo más tonto, todo eso ha pesado más.
Es que te miro y me das pena. Sí, me das pena porque no eres ni la sombra de lo que eras, y porque, de todas las posibles formas en que podrías haber evolucionado, has elegido la peor. Me da lástima mirar atrás y ver ahora en lo que te has convertido. Y más todavía que hagas como que estás orgullosa de ello, por no desmoronarte y darte cuenta del asco que te das a ti misma. Porque piensas que ya no tienes remedio, que no hay vuelta atrás... Pero es que no te enteras de que te hemos ofrecido mil manos y a todas les has escupido. ¿Y de verdad te crees que si no te la tiendo otra vez es por orgullo? Yo ya no te doy la mano porque ya ni siquiera quiero tocarte. No quiero tener nada que ver contigo mientras sigas siendo una estúpida engreída que se dedica a una persona que sólo le hace caso porque no hay nadie más que la aguante.
Te juro que he intentado quererte, serte incondicional y no alejarme nunca del todo de ti. Pero es que me he cansado de ponerte la otra mejilla y que ni siquiera me la abofetees porque estás distraída mirando siempre al mismo lado. Al sitio donde te vas a acabar pudriendo. De donde vas a querer salir sólo cuando ya sea demasiado tarde. Al lugar donde estás enterrada, y de donde crees que ya no puedes escapar.
En serio, no es una cuestión de orgullo. Es que ya no encuentro ninguna forma de excusar todo lo que detesto de ti.
domingo, 1 de enero de 2012
Resurrección
Tenía las uñas largas. Un poco más de lo que acostumbraba. La piel fría. Fría y seca, como los labios, que parecían haberse cortado hacía tiempo. La sangre a su alrededor formaba una pequeña costra encima de ellos, de mis labios, cuyo tono morado destacaba junto a la palidez de mi rostro. Los ojos parecían haberse perdido entre las cuencas. No miraban a ninguna parte, pero seguían abiertos. El pelo estaba blanco, como cubierto de polvo o de arena, no estoy segura. Estaba tan oscuro que apenas podía apreciarse. No hablaba, porque no podía hablar. No me movía, porque no podía moverme.
Entonces me acordé de ti, y fui capaz de mover los dedos, clavándolos en la tierra, que estaba por todas partes. Algo se descolocó y fuiste tú el que se acordó de mí, y una lágrima me devolvió los ojos, que lo veían todo negro. Negro, pero veían. Conseguí abrir la boca y pasé la lengua sobre los labios. La sangre seca se desprendió, y la saliva me hizo daño mientras los volvía a hidratar un poco. Cerré el puño, y las uñas estaban más cortas. Cortas, pero arañaban y me hice sangre en la mano. La sangre estaba caliente mientras brotaba de mis manos heladas.
Volví a pensar en ti y me revolví en mi tumba, desbaratando la tierra que me cubría. Logré sacar una mano, y el sol devolvió su temperatura a mi cuerpo. Y ahí la cogiste, manchándote con mi sangre. Tiraste y salí, entera. Mi piel se oscureció y se me cayó el polvo de encima. Y te vi con mis nuevos ojos, que eran los viejos. Lo sabía. Sabía que tú también me estabas esperando. Sabía que por eso había vuelto a la vida. Otra vez.
Entonces me acordé de ti, y fui capaz de mover los dedos, clavándolos en la tierra, que estaba por todas partes. Algo se descolocó y fuiste tú el que se acordó de mí, y una lágrima me devolvió los ojos, que lo veían todo negro. Negro, pero veían. Conseguí abrir la boca y pasé la lengua sobre los labios. La sangre seca se desprendió, y la saliva me hizo daño mientras los volvía a hidratar un poco. Cerré el puño, y las uñas estaban más cortas. Cortas, pero arañaban y me hice sangre en la mano. La sangre estaba caliente mientras brotaba de mis manos heladas.
Volví a pensar en ti y me revolví en mi tumba, desbaratando la tierra que me cubría. Logré sacar una mano, y el sol devolvió su temperatura a mi cuerpo. Y ahí la cogiste, manchándote con mi sangre. Tiraste y salí, entera. Mi piel se oscureció y se me cayó el polvo de encima. Y te vi con mis nuevos ojos, que eran los viejos. Lo sabía. Sabía que tú también me estabas esperando. Sabía que por eso había vuelto a la vida. Otra vez.
jueves, 15 de diciembre de 2011
La sensación
Es curiosa. La sensación, digo. Ésa de cuando deseas algo con todas tus fuerzas y al final lo acabas encontrando, y tardas un poco en ser consciente de que por fin lo has conseguido.
Estás durante un tiempo pensando en una cosa. Algo que te gustaría que pasara, alguien con quien quisieras reencontrarte, o todo al mismo tiempo. Lo deseas tanto que lo construyes y lo tiras de nuevo abajo cada día, en tus fantasías. De tanto imaginarlo crees que lo vas a gafar. Que no podrá suceder, porque ya has pensado en todas las formas en que podría pasar, y nunca pasa nada del mismo modo en que lo pensamos.
Pero ocurre. Como si pudieses invocar algo o a alguien y conseguir que finalmente apareciese. De una de las forma en que lo habías soñado o de cualquier otra. Así o asá, qué más da. Es magia, y si en realidad no lo es tampoco importa: se parece demasiado.
No habías fantaseado sólo con lo que querías. Habías imaginado también la alegría que te daría encontrarlo. Se te salió el corazón del pecho con sólo pensarlo. Y, cuando por fin sucede, estás como demasiado en calma. Emocionada pero contenida. Como un grito que se ahoga en la garganta justo antes de salir. Consigues acostarte, no ya pensando en lo que querías, sino en lo que ya tienes. Sin tener que imaginarlo todo, sino sólo completando lo que ya estás viviendo.
Estás encantada y sonriente, pero aún no has soltado la carcajada. Pero no te preocupa. Sólo te inquieta. Sabes que no es que esperases demasiado y no se cumplen ahora tus expectativas. Que el problema no es que quisieras más de lo que has obtenido. Es solamente que aún no te lo crees. Y, entonces, cuando por fin te lo creas, te reirás hasta que te duela. Te reirás hasta que acabes llorando. Y ésa será otra gran sensación. Ésa será la felicidad.
Estás durante un tiempo pensando en una cosa. Algo que te gustaría que pasara, alguien con quien quisieras reencontrarte, o todo al mismo tiempo. Lo deseas tanto que lo construyes y lo tiras de nuevo abajo cada día, en tus fantasías. De tanto imaginarlo crees que lo vas a gafar. Que no podrá suceder, porque ya has pensado en todas las formas en que podría pasar, y nunca pasa nada del mismo modo en que lo pensamos.
Pero ocurre. Como si pudieses invocar algo o a alguien y conseguir que finalmente apareciese. De una de las forma en que lo habías soñado o de cualquier otra. Así o asá, qué más da. Es magia, y si en realidad no lo es tampoco importa: se parece demasiado.
No habías fantaseado sólo con lo que querías. Habías imaginado también la alegría que te daría encontrarlo. Se te salió el corazón del pecho con sólo pensarlo. Y, cuando por fin sucede, estás como demasiado en calma. Emocionada pero contenida. Como un grito que se ahoga en la garganta justo antes de salir. Consigues acostarte, no ya pensando en lo que querías, sino en lo que ya tienes. Sin tener que imaginarlo todo, sino sólo completando lo que ya estás viviendo.
Estás encantada y sonriente, pero aún no has soltado la carcajada. Pero no te preocupa. Sólo te inquieta. Sabes que no es que esperases demasiado y no se cumplen ahora tus expectativas. Que el problema no es que quisieras más de lo que has obtenido. Es solamente que aún no te lo crees. Y, entonces, cuando por fin te lo creas, te reirás hasta que te duela. Te reirás hasta que acabes llorando. Y ésa será otra gran sensación. Ésa será la felicidad.
domingo, 20 de noviembre de 2011
Menuda putada
Es una putada. Es una putada hacer algo (o dejar de hacerlo, en su caso), pensar que has hecho lo correcto y sentirte mal. Pensar que has hecho lo correcto a pesar de que te haga sentir mal. Porque eso significa que hacer lo correcto no siempre te hace ganar a ti. Que la solución a un gran problema puede tener como mal menor que tú te jodas. Yo que pensaba que eso sólo pasaba en las películas... Y es que claro, "a veces son necesarias algunas bajas para el bien común". Pero menuda putada que la baja tenga que ser la tuya.
Game over. Y ya no me quedan más vidas.
viernes, 14 de octubre de 2011
De verdad...
"Si de verdad quieres hacer algo lo haces, no lo guardas para tu epitafio".
Gregory House, House M.D.
Mi buena memoria
Siempre pensé que tenía una buena memoria. Era capaz de recordar cosas que otros habían olvidado, aun incluso cuando no tenían demasiado que ver conmigo. Tal vez, precisamente, mi memoria sea buena sólo para lo que no me atañe directamente. O quizás sea que con el tiempo se ha ido volviendo selectiva.
Apenas recuerdo mi infancia. Algunos trazos, dibujos... pero nunca o prácticamente nunca un mapa completo. Además, nunca me gustó escribir un diario, así que son pocas las notas que tengo para acordarme de algunas partes de mi vida.
Con los años, recordar se me fue haciendo más sencillo. El avance tecnológico ha hecho que ahora podamos llevar con nosotros una cámara de fotos en todo momento. Captamos muchos más momentos y de forma más precisa. Los logs, en los ordenadores, registran cada una de nuestras palabras tal cual las escribimos. Un vistazo y ni siquiera hace falta hacer memoria: tienes las conversaciones que tuviste hace varios años delante de ti, como si de un mágico espejismo se tratara, capaz de proyectar en tu pantalla el pasado.
Esa suerte de memoria accesoria, los logs, me gustan y a la vez los odio. Son tan tangibles que parecen de verdad. Pero no lo son. Lo que cuentan ya no es ahora. Como los emails. Da igual que los releas mil veces, pues el contenido que guardan ya no es actual. Por mucho que los mires, por más que observes de nuevo todas esas letras juntas, ya no significan nada. Es como mirar un cadáver tumbado en el suelo: por fuera es la persona que era cuando estaba viva, pero por dentro ahora es, simplemente, nada.
Lo bueno que tienen es que te dan la oportunidad de ver las cosas con perspectiva. Te colocas frente a ellos años después y ves. Y te ves. Y te das cuenta de si has sido una imbécil o de si lo han sido contigo.
Y sí. Es una pena descubrirse una estúpida, por mucho que una ya lo sospechara. Pero no es mucho menos deprimente darte cuenta de que alguien a quien querías sólo te escribía para dedicarte palabras de desprecio. Que, si veía que tenías una herida, te la apuñalaba para que no dejase de sangrarte. Y si acaso estabas sana, te rajaba entera y te hurgaba en las heridas mientras te susurraba que él también te quería.
Quizás debería haber confiado un poco más en mi memoria selectiva. Ésa que sólo quería acordarse de todo lo bueno que creía que habías hecho por mí. La que apartaba tus insultos, tus arrebatos, tus malas maneras... Tu manía de tratar de reducirme, de intentar humillarme o de reírte de mí. La que a pesar de todo eso te seguía queriendo y te echaba de menos. La que se ríe de mis sentimientos y de mi razón, haciéndoles creer, aún hoy, que tú en realidad no eres así.
Apenas recuerdo mi infancia. Algunos trazos, dibujos... pero nunca o prácticamente nunca un mapa completo. Además, nunca me gustó escribir un diario, así que son pocas las notas que tengo para acordarme de algunas partes de mi vida.
Con los años, recordar se me fue haciendo más sencillo. El avance tecnológico ha hecho que ahora podamos llevar con nosotros una cámara de fotos en todo momento. Captamos muchos más momentos y de forma más precisa. Los logs, en los ordenadores, registran cada una de nuestras palabras tal cual las escribimos. Un vistazo y ni siquiera hace falta hacer memoria: tienes las conversaciones que tuviste hace varios años delante de ti, como si de un mágico espejismo se tratara, capaz de proyectar en tu pantalla el pasado.
Esa suerte de memoria accesoria, los logs, me gustan y a la vez los odio. Son tan tangibles que parecen de verdad. Pero no lo son. Lo que cuentan ya no es ahora. Como los emails. Da igual que los releas mil veces, pues el contenido que guardan ya no es actual. Por mucho que los mires, por más que observes de nuevo todas esas letras juntas, ya no significan nada. Es como mirar un cadáver tumbado en el suelo: por fuera es la persona que era cuando estaba viva, pero por dentro ahora es, simplemente, nada.
Lo bueno que tienen es que te dan la oportunidad de ver las cosas con perspectiva. Te colocas frente a ellos años después y ves. Y te ves. Y te das cuenta de si has sido una imbécil o de si lo han sido contigo.
Y sí. Es una pena descubrirse una estúpida, por mucho que una ya lo sospechara. Pero no es mucho menos deprimente darte cuenta de que alguien a quien querías sólo te escribía para dedicarte palabras de desprecio. Que, si veía que tenías una herida, te la apuñalaba para que no dejase de sangrarte. Y si acaso estabas sana, te rajaba entera y te hurgaba en las heridas mientras te susurraba que él también te quería.
Quizás debería haber confiado un poco más en mi memoria selectiva. Ésa que sólo quería acordarse de todo lo bueno que creía que habías hecho por mí. La que apartaba tus insultos, tus arrebatos, tus malas maneras... Tu manía de tratar de reducirme, de intentar humillarme o de reírte de mí. La que a pesar de todo eso te seguía queriendo y te echaba de menos. La que se ríe de mis sentimientos y de mi razón, haciéndoles creer, aún hoy, que tú en realidad no eres así.
martes, 11 de octubre de 2011
La lógica
Cuando tenía 12 ó 13 años descubrí los problemas de lógica. Me gustaron bastante y me parecieron muy entretenidos. Además, eran sencillos, porque sólo había que usar, evidentemente, la lógica. Y eso es algo que, en teoría, sabemos hacer todos. En teoría.
Algunos años después, en el instituto, descubrí la lógica formal, la de clases... También era muy fácil y también me encantaba, aunque prácticamente el resto de la clase la detestase. Creo que resolviendo aquellas pizarras enteras de ceros y unos, sentía aquello a lo que Mihaly Csikzentmihalyi llamó flujo.
Lo que hace a la lógica sencilla es, en mi opinión, que es lo más obvio que puedes pensar. No hay que hacer interpretaciones ni tener nada más en cuenta, excepto lo que te dan. La clave la tienes ahí, en un pedazo de papel, y no tienes que buscar más pies al gato. Ésa misma es una de las razones por las que me gusta la verdad. Es mucho más sencillo decir la verdad, aunque joda, aunque duela, aunque avergüence, que mentir. Mentir requiere de mucha más elaboración si se quiere mentir bien. E imaginación. Son cosas que la mayoría de la gente no domina todo lo bien que una buena mentira requiere. Supongo que, por eso, la mayoría de la gente no miente nada bien.
También es por ese motivo que me gustan las ciencias, se me den mejor o peor. Explican cosas, tienen fórmulas. No hay cuestiones de fe y cuentan con una mayor objetividad. En realidad, creo que son más fáciles, aunque a veces se nos puedan llegar a hacer tan complicadas. Lo que pasa es que requieren de más lógica y de más memoria de las que solemos emplear a diario. De hecho, en nuestra vida cotidiana, normalmente, no utilizamos la lógica. Tiramos de heurísticos y así ahorramos tiempo. Y alguna gente se acostumbra tanto a ellos que luego ya no puede volver a la lógica de verdad.
Al final, creo que lo obvio, en general, no gusta. Y sin embargo otros lo agradecemos, porque bastantes jeroglíficos imposibles de resolver tenemos ya por ahí, a los que ojalá encontrásemos la lógica.
Algunos años después, en el instituto, descubrí la lógica formal, la de clases... También era muy fácil y también me encantaba, aunque prácticamente el resto de la clase la detestase. Creo que resolviendo aquellas pizarras enteras de ceros y unos, sentía aquello a lo que Mihaly Csikzentmihalyi llamó flujo.
Lo que hace a la lógica sencilla es, en mi opinión, que es lo más obvio que puedes pensar. No hay que hacer interpretaciones ni tener nada más en cuenta, excepto lo que te dan. La clave la tienes ahí, en un pedazo de papel, y no tienes que buscar más pies al gato. Ésa misma es una de las razones por las que me gusta la verdad. Es mucho más sencillo decir la verdad, aunque joda, aunque duela, aunque avergüence, que mentir. Mentir requiere de mucha más elaboración si se quiere mentir bien. E imaginación. Son cosas que la mayoría de la gente no domina todo lo bien que una buena mentira requiere. Supongo que, por eso, la mayoría de la gente no miente nada bien.
También es por ese motivo que me gustan las ciencias, se me den mejor o peor. Explican cosas, tienen fórmulas. No hay cuestiones de fe y cuentan con una mayor objetividad. En realidad, creo que son más fáciles, aunque a veces se nos puedan llegar a hacer tan complicadas. Lo que pasa es que requieren de más lógica y de más memoria de las que solemos emplear a diario. De hecho, en nuestra vida cotidiana, normalmente, no utilizamos la lógica. Tiramos de heurísticos y así ahorramos tiempo. Y alguna gente se acostumbra tanto a ellos que luego ya no puede volver a la lógica de verdad.
Al final, creo que lo obvio, en general, no gusta. Y sin embargo otros lo agradecemos, porque bastantes jeroglíficos imposibles de resolver tenemos ya por ahí, a los que ojalá encontrásemos la lógica.
lunes, 26 de septiembre de 2011
Sueño gore
El otro día tuve un sueño bastante gore. No creo que hiera sensibilidades, pero si alguien tiene dudas, que deje de leer.
Tengo un pendiente en el ombligo. Es lo que se conoce con el nombre de "banana", por la forma que tiene. En cada extremo tiene una bola, una más grande debajo y una más pequeña arriba, que se enrosca para dejarlo cerrado. En el sueño, había perdido la bola pequeñita. Es algo relativamente normal, aunque a mí sólo me ha pasado dos veces en doce años y ambas la acabé encontrando. Me puse a buscarla y pensé que no me gustaría no encontrarla y tener que comprar otro pendiente, ya que llevo tantos años con el mismo. Me daba mucha pena pensar en la posibilidad haberla perdido para siempre. Buscaba y buscaba y no aparecía, pero de pronto me di cuenta de que, al no tener sujeción, y al ser la bola de debajo más grande y pesada, el pendiente iba a salirse del agujero. Como no quería que eso pasara (es algo que nunca me ha hecho demasiada gracia), la sujetaba y la subía para que no se saliera la barra del agujero. Y debe ser que deseaba con tantas fuerzas no perder el pendiente, que subí tanto y tan bruscamente la bola, que se me empezó a meter también por el agujero. Empecé a sangrar, y la bola cada vez estaba más metida en el agujero. Hasta que se desprendió el pequeño trozo de piel de delante del agujero. Ya no podría volver a ponerme ahí un pendiente. Y cada vez había más sangre en mi abdomen.
El sueño acabó ahí. No encontré la bola pequeñita, y tratando de no perder el pendiente destrocé el agujero, haciendo imposible ponérmelo otra vez, la encontrase o no. Y me pregunté si no me pasa eso mismo con algunas personas. Algo se rompe. Se estropea. No es nada serio, pero hay un pequeño problema. Yo me empeño en tratar de arreglarlo, a mi manera. De la única manera que en ese momento se me ocurre. Pero lo único que consigo es estropearlo todo más. Convertir una estúpida diferencia en un momento dado en una sangría irrecuperable.
Lo peor de todo, es que alguna vez lo he hecho adrede. Lo he llenado todo de sangre, porque hay ciertos pendientes que una no puede llevar, por muy bonitos que sean. Y yo ya no sé qué hacer con este ombligo destrozado. Forzarlo a llevar de nuevo el pendiente nunca me ha salido bien, pero es que yo no quiero llevar otro ni colocarme otro adorno diferente. Así que me imagino que me olvidaré del pendiente y ya está. Por lo menos podré contemplar cada vez que lo desee la cicatriz que me ha dejado, y recordar lo bonito que era todo cuando todavía no nos habíamos manchado de sangre.
Tengo un pendiente en el ombligo. Es lo que se conoce con el nombre de "banana", por la forma que tiene. En cada extremo tiene una bola, una más grande debajo y una más pequeña arriba, que se enrosca para dejarlo cerrado. En el sueño, había perdido la bola pequeñita. Es algo relativamente normal, aunque a mí sólo me ha pasado dos veces en doce años y ambas la acabé encontrando. Me puse a buscarla y pensé que no me gustaría no encontrarla y tener que comprar otro pendiente, ya que llevo tantos años con el mismo. Me daba mucha pena pensar en la posibilidad haberla perdido para siempre. Buscaba y buscaba y no aparecía, pero de pronto me di cuenta de que, al no tener sujeción, y al ser la bola de debajo más grande y pesada, el pendiente iba a salirse del agujero. Como no quería que eso pasara (es algo que nunca me ha hecho demasiada gracia), la sujetaba y la subía para que no se saliera la barra del agujero. Y debe ser que deseaba con tantas fuerzas no perder el pendiente, que subí tanto y tan bruscamente la bola, que se me empezó a meter también por el agujero. Empecé a sangrar, y la bola cada vez estaba más metida en el agujero. Hasta que se desprendió el pequeño trozo de piel de delante del agujero. Ya no podría volver a ponerme ahí un pendiente. Y cada vez había más sangre en mi abdomen.
El sueño acabó ahí. No encontré la bola pequeñita, y tratando de no perder el pendiente destrocé el agujero, haciendo imposible ponérmelo otra vez, la encontrase o no. Y me pregunté si no me pasa eso mismo con algunas personas. Algo se rompe. Se estropea. No es nada serio, pero hay un pequeño problema. Yo me empeño en tratar de arreglarlo, a mi manera. De la única manera que en ese momento se me ocurre. Pero lo único que consigo es estropearlo todo más. Convertir una estúpida diferencia en un momento dado en una sangría irrecuperable.
Lo peor de todo, es que alguna vez lo he hecho adrede. Lo he llenado todo de sangre, porque hay ciertos pendientes que una no puede llevar, por muy bonitos que sean. Y yo ya no sé qué hacer con este ombligo destrozado. Forzarlo a llevar de nuevo el pendiente nunca me ha salido bien, pero es que yo no quiero llevar otro ni colocarme otro adorno diferente. Así que me imagino que me olvidaré del pendiente y ya está. Por lo menos podré contemplar cada vez que lo desee la cicatriz que me ha dejado, y recordar lo bonito que era todo cuando todavía no nos habíamos manchado de sangre.
viernes, 23 de septiembre de 2011
Ain't no mountain high enough
Listen, baby,
ain't no mountain high,
ain't no valley low
ain't no river wide enough, baby...
If you need me, call me,
no matter where you are,
no matter how far...
Don't worry baby!
Just call my name,
I'll be there in a hurry,
you don't have to worry,
'cause baby...
There ain't no mountain high enough,
ain't no valley low enough,
ain't no river wide enough
to keep me from getting to you, babe.
Remember the day
I set you free,
I told you
you could always count on me.
From that day on I made a vow,
I'll be there when you want me,
some way, somehow,
'cause baby...
There ain't no mountain high enough,
ain't no valley low enough,
ain't no river wide enough
to keep me from getting to you, babe
Oh no, darling...
No wind, no rain...
All winter's cold can't stop me, baby...
If you're ever in trouble
I'll be there on the double,
just sing for me, oh, baby!
My love is alive
way down in my heart,
although we are miles apart...
If you ever need a helping hand,
I'll be there on the double
as fast as I can...
Don't you know that
there ain't no mountain high enough,
ain't no valley low enough,
ain't no river wide enough
to keep me from getting to you, babe.
Don't you know that
there ain't no mountain high enough,
ain't no valley low enough,
ain't no river wide enough,
ain't no mountain high enough,
ain't no valley low enough...
ain't no mountain high,
ain't no valley low
ain't no river wide enough, baby...
If you need me, call me,
no matter where you are,
no matter how far...
Don't worry baby!
Just call my name,
I'll be there in a hurry,
you don't have to worry,
'cause baby...
There ain't no mountain high enough,
ain't no valley low enough,
ain't no river wide enough
to keep me from getting to you, babe.
Remember the day
I set you free,
I told you
you could always count on me.
From that day on I made a vow,
I'll be there when you want me,
some way, somehow,
'cause baby...
There ain't no mountain high enough,
ain't no valley low enough,
ain't no river wide enough
to keep me from getting to you, babe
Oh no, darling...
No wind, no rain...
All winter's cold can't stop me, baby...
If you're ever in trouble
I'll be there on the double,
just sing for me, oh, baby!
My love is alive
way down in my heart,
although we are miles apart...
If you ever need a helping hand,
I'll be there on the double
as fast as I can...
Don't you know that
there ain't no mountain high enough,
ain't no valley low enough,
ain't no river wide enough
to keep me from getting to you, babe.
Don't you know that
there ain't no mountain high enough,
ain't no valley low enough,
ain't no river wide enough,
ain't no mountain high enough,
ain't no valley low enough...
Marvin Gaye & Tammi Terrell, Ain't no mountain high enough
martes, 20 de septiembre de 2011
No recuerdo quién soy
Me he estado leyendo a mí misma aquí hace algunos años y me he dado cuenta de que no me conozco. Estoy de acuerdo con lo que leo, sé que lo he escrito yo aunque a veces no lo recuerde... pero es como si leyese a otra persona. Me veo ahí atrás, en el pasado, y me parece darme cuenta de mil cosas que cuando aquello era presente pasaba por alto. Pero no sólo eso. Es que los demás tampoco sabían gran cosa de mí. Aun si les gritaba en la cara no se daban cuenta. No se daban por aludidos.
Ya me vine dando cuenta estos días atrás. Que lo que pienso y lo que hago o demuestro pocas veces logro que se corresponda. Que tal vez haya cosas de mí que ignore porque no las quiero saber, y eso se termina traduciendo en un montón de incongruencias entre mis actos y mis deseos, que pocas veces soy capaz de transmitir.
Pero, ¿quién se conoce? Tal vez lo mío no sea tan raro. La gente todo el rato miente, así que quién dice que no se mienta continuamente. Yo quiero ser sincera y me esfuerzo por serlo, pero parece que con quien más trabajo me cuesta serlo es conmigo.
De todos modos, aunque no sepa quién soy, aún me reconozco. Me asusto por sentir ciertas cosas con mucha intensidad, pero en realidad son las que ya sentía antes. Me asombra haber sido capaz de cosas que ahora me creo que no están a mi alcance. Y al final me parece que no es que ya no me conozca: sólo que había olvidado quién soy. En el fondo sigo siendo la misma, y mi testarudez me ha seguido hasta aquí.
Ya me vine dando cuenta estos días atrás. Que lo que pienso y lo que hago o demuestro pocas veces logro que se corresponda. Que tal vez haya cosas de mí que ignore porque no las quiero saber, y eso se termina traduciendo en un montón de incongruencias entre mis actos y mis deseos, que pocas veces soy capaz de transmitir.
Pero, ¿quién se conoce? Tal vez lo mío no sea tan raro. La gente todo el rato miente, así que quién dice que no se mienta continuamente. Yo quiero ser sincera y me esfuerzo por serlo, pero parece que con quien más trabajo me cuesta serlo es conmigo.
De todos modos, aunque no sepa quién soy, aún me reconozco. Me asusto por sentir ciertas cosas con mucha intensidad, pero en realidad son las que ya sentía antes. Me asombra haber sido capaz de cosas que ahora me creo que no están a mi alcance. Y al final me parece que no es que ya no me conozca: sólo que había olvidado quién soy. En el fondo sigo siendo la misma, y mi testarudez me ha seguido hasta aquí.
viernes, 16 de septiembre de 2011
Mis días...
"Y tenía miedo de los días, que pasaban sin piedad de todas formas".
竹本 祐太, Honey & clover
Te olvidaré
Un círculo. No. No pienses en un círculo. Ni se te ocurra imaginar nada que tenga esa forma. Vamos, apártalo. Olvídate de que los círculos existen y no los recuerdes nunca más.
Esto es como lo del oso blanco, ¿no? Si te dicen que no pienses en ello, lo piensas más. Cuando tratas de olvidar a alguien pasa algo parecido. Es como si te castigases al descubrirte pensando en esa persona o recordando algo que tenga que ver con ella. Pero eso no sirve de nada.
Acuérdate. Especialmente, piensa en el motivo por el que quieres olvidarla. Duele, ¿verdad? Claro que duele. Si no no te esforzarías en borrarla de tu mente. La dejarías en un rincón hasta que el tiempo la fuese emborronando, eliminándola casi por completo. Pero no. Quieres olvidarla porque te hace daño que esté ahí.
Repítetelo, repítetelo. Siente una punzada de dolor en el pecho cuando lo recuerdes todo. Sufre, llora, y desespérate, porque poco a poco se irá yendo. Acabarás dándote cuenta de que has pensado en ella y ya no has sentido ese dolor. Que cada vez lo sientes más lejos, y que ya no te hace tanto daño desde la distancia.
No hay que evitar pensar, sino justamente lo contrario. Cuando agotes tu dolor desaparecerá. Por eso, no lo dejes creciendo en una esquina, haciéndose más fuerte. Termina con él cuanto antes, porque si no será él quien acabe contigo.
Esto es como lo del oso blanco, ¿no? Si te dicen que no pienses en ello, lo piensas más. Cuando tratas de olvidar a alguien pasa algo parecido. Es como si te castigases al descubrirte pensando en esa persona o recordando algo que tenga que ver con ella. Pero eso no sirve de nada.
Acuérdate. Especialmente, piensa en el motivo por el que quieres olvidarla. Duele, ¿verdad? Claro que duele. Si no no te esforzarías en borrarla de tu mente. La dejarías en un rincón hasta que el tiempo la fuese emborronando, eliminándola casi por completo. Pero no. Quieres olvidarla porque te hace daño que esté ahí.
Repítetelo, repítetelo. Siente una punzada de dolor en el pecho cuando lo recuerdes todo. Sufre, llora, y desespérate, porque poco a poco se irá yendo. Acabarás dándote cuenta de que has pensado en ella y ya no has sentido ese dolor. Que cada vez lo sientes más lejos, y que ya no te hace tanto daño desde la distancia.
No hay que evitar pensar, sino justamente lo contrario. Cuando agotes tu dolor desaparecerá. Por eso, no lo dejes creciendo en una esquina, haciéndose más fuerte. Termina con él cuanto antes, porque si no será él quien acabe contigo.
Nada no es una derrota
Tuve una vez una profesora que solía decir que lo que no puede ser no puede ser y además es imposible. Muchas veces he pensado como ella, pero al minuto siguiente me he repetido hasta la saciedad que no puede haber tantas cosas imposibles. Que seguro que la mayoría de cosas que damos por perdidas no lo están en realidad. Que siempre se podría hacer algo más. Que no es un azar que haya fijado el destino y al que tengamos que rendirnos. Que siempre podemos hacer otro esfuerzo y que en alguno estará la clave para que lo imposible se haga real.
Por eso es que me desespero. Me viene a la mente esa frase y decido destruirlo todo. Si no puede ser, que no sea nunca, y que ningún imposible agonice alimentado de falsas esperanzas. Pero luego pienso todo lo demás. Que qué pasa si hay una salida y soy yo en mi torpeza infinita la que soy incapaz de verla. Que tampoco es justo dejar morir a esas esperanzas sin haberlo hecho todo por ellas. Que no quiero perderlo todo y quedarme sin nada por no haber sido capaz de salvar algunas dificultades. Que me voy a arrepentir si no lo intento por lo menos.
Es entonces cuando trato de dar marcha atrás. Recojo los pedazos de lo que antes destruí y trato de recomponerlo a la desesperada. Todo lo imposible, todo lo que no me sale. Es como una espina que se me queda clavada y creo que puedo sacar. Sé que la puedo sacar, pero no sé cómo. Sólo me falla eso. Una estupidez, unas instrucciones. Una pista, una guía. Pero sin ello lo único que hago al tratar de quitar la espina es clavarla más adentro.
Y vuelvo a lo de antes. A dejarlo roto, como estaba, o incluso cada vez peor. ¿Será que sí que hay tantos imposibles? ¿No hay más soluciones que las que he sido capaz de ver? Me niego a creerlo. Pero al menos, hasta que haya meditado dónde puede estar la clave, será mejor estarse quieta. Si los pasos que trato de dar hacia delante me empujan hacia atrás, mejor será que no me mueva. Así, al menos, no lo estropeo todo más. No hago más profundas las heridas.
Ésa es la razón. Ése es el motivo de que mi nada no signifique que ya he abandonado. Sólo necesito darme cuenta de por qué no puede ser imposible.
Por eso es que me desespero. Me viene a la mente esa frase y decido destruirlo todo. Si no puede ser, que no sea nunca, y que ningún imposible agonice alimentado de falsas esperanzas. Pero luego pienso todo lo demás. Que qué pasa si hay una salida y soy yo en mi torpeza infinita la que soy incapaz de verla. Que tampoco es justo dejar morir a esas esperanzas sin haberlo hecho todo por ellas. Que no quiero perderlo todo y quedarme sin nada por no haber sido capaz de salvar algunas dificultades. Que me voy a arrepentir si no lo intento por lo menos.
Es entonces cuando trato de dar marcha atrás. Recojo los pedazos de lo que antes destruí y trato de recomponerlo a la desesperada. Todo lo imposible, todo lo que no me sale. Es como una espina que se me queda clavada y creo que puedo sacar. Sé que la puedo sacar, pero no sé cómo. Sólo me falla eso. Una estupidez, unas instrucciones. Una pista, una guía. Pero sin ello lo único que hago al tratar de quitar la espina es clavarla más adentro.
Y vuelvo a lo de antes. A dejarlo roto, como estaba, o incluso cada vez peor. ¿Será que sí que hay tantos imposibles? ¿No hay más soluciones que las que he sido capaz de ver? Me niego a creerlo. Pero al menos, hasta que haya meditado dónde puede estar la clave, será mejor estarse quieta. Si los pasos que trato de dar hacia delante me empujan hacia atrás, mejor será que no me mueva. Así, al menos, no lo estropeo todo más. No hago más profundas las heridas.
Ésa es la razón. Ése es el motivo de que mi nada no signifique que ya he abandonado. Sólo necesito darme cuenta de por qué no puede ser imposible.
miércoles, 14 de septiembre de 2011
No le odio
"No le odio. Le quise hasta que supe cómo hacer que me diera igual [...]. Si no esperas que te llame por tu cumpleaños ni verle en varios meses, no te decepcionas. ¿Quieres que nos reconciliemos? ¿Que nos tomemos unas cervezas y nos abracemos? Ya le he dado bastantes abrazos y ya me ha decepcionado bastante".
Robert Chase, House M.D.
martes, 26 de julio de 2011
Vuelve
Vuelve por favor a casa...
Sin mi hombro tú no sabes dormir.
Hoy te toca a ti leerme...
Lo acordamos en la página cien.
Por favor, vuelve...
Vuelve...
Vuelve, no dudes más...
Tengo mil recados que darte...
Tus amigos no paran de llamar.
Las plantas se han quedado sin agua...
Y el gato no para de maullar.
Por favor, vuelve...
Vuelve...
Vuelve, no dudes más...
Las persianas se han quedado bajadas,
ya no entra el sol por mis ventanas...
Y la casa poco a poco va tomando aspecto
de que la has abandonado...
Por favor, vuelve...
Vuelve...
Vuelve, no dudes más...
Ni siquiera tengo apetito...
Si no estás tú con quién voy a cenar.
Día a día yo me voy apagando...
Mi mirada se ha quedado sin luz.
Por favor, vuelve...
Vuelve...
Vuelve, no puedo más...
Las persianas se han quedado bajadas,
ya no entra el sol por mis ventanas...
Y la casa poco a poco va tomando aspecto
de que la has abandonado...
Por favor, vuelve...
Vuelve...
Vuelve, no dudes más...
Por favor, vuelve...
Vuelve...
Vuelve, no dudes más...
Las persianas se han quedado bajadas,
ya no entra el sol por mis ventanas...
Y la casa poco a poco va tomando aspecto
de que la has abandonado...
Sin mi hombro tú no sabes dormir.
Hoy te toca a ti leerme...
Lo acordamos en la página cien.
Por favor, vuelve...
Vuelve...
Vuelve, no dudes más...
Tengo mil recados que darte...
Tus amigos no paran de llamar.
Las plantas se han quedado sin agua...
Y el gato no para de maullar.
Por favor, vuelve...
Vuelve...
Vuelve, no dudes más...
Las persianas se han quedado bajadas,
ya no entra el sol por mis ventanas...
Y la casa poco a poco va tomando aspecto
de que la has abandonado...
Por favor, vuelve...
Vuelve...
Vuelve, no dudes más...
Ni siquiera tengo apetito...
Si no estás tú con quién voy a cenar.
Día a día yo me voy apagando...
Mi mirada se ha quedado sin luz.
Por favor, vuelve...
Vuelve...
Vuelve, no puedo más...
Las persianas se han quedado bajadas,
ya no entra el sol por mis ventanas...
Y la casa poco a poco va tomando aspecto
de que la has abandonado...
Por favor, vuelve...
Vuelve...
Vuelve, no dudes más...
Por favor, vuelve...
Vuelve...
Vuelve, no dudes más...
Las persianas se han quedado bajadas,
ya no entra el sol por mis ventanas...
Y la casa poco a poco va tomando aspecto
de que la has abandonado...
Gonzalo, Vuelve
martes, 7 de junio de 2011
lunes, 6 de junio de 2011
A veces es mejor dejarlo estar
Cuando alguien se enfada contigo tienes dos opciones: o lo dejas estar o tratas de arreglarlo. Pero muchas veces, la gente, intentando solucionar algo, sólo consigue empeorarlo. Y es que cuando tiras algo y lo dejas hecho añicos, el otro, en muchas ocasiones, no quiere una justificación ni una excusa. Quiere simplemente una disculpa. Que seas capaz de admitir que te has equivocado, o que has hecho algo mal, aunque ésa no fuese tu intención.
Sin embargo, a muchos les cuesta reconocer sus errores. Bueno, no. Es mentira. En realidad creo que nos cuesta a todos, sólo que unos se esfuerzan y finalmente lo hacen y otros prefieren la comodidad de mirar siempre hacia otro lado y que sea otro el que lo haga.
Pues si no estás dispuesto a admitir tu parte de culpa, mejor déjalo estar. ¿Que por qué? Pues porque si es así, es porque estás seguro de que la culpa no es tuya en absoluto, sino del otro, y crees que es él quien debe dar el paso si es que quieres todavía que lo dé, o si no, porque tienes la pueril esperanza de que todo se solucione por arte de magia y sin tener que sacrificar tu orgullo.
Si de verdad alguien te merece la pena, si realmente estás interesado en no perder a esa persona, tragarte tu orgullo sólo será un mal menor. Pero, por favor, no hagas como si quisieras arreglar algo con alguien por quien ni siquiera estés dispuesto a hacer eso.
Sin embargo, a muchos les cuesta reconocer sus errores. Bueno, no. Es mentira. En realidad creo que nos cuesta a todos, sólo que unos se esfuerzan y finalmente lo hacen y otros prefieren la comodidad de mirar siempre hacia otro lado y que sea otro el que lo haga.
Pues si no estás dispuesto a admitir tu parte de culpa, mejor déjalo estar. ¿Que por qué? Pues porque si es así, es porque estás seguro de que la culpa no es tuya en absoluto, sino del otro, y crees que es él quien debe dar el paso si es que quieres todavía que lo dé, o si no, porque tienes la pueril esperanza de que todo se solucione por arte de magia y sin tener que sacrificar tu orgullo.
Si de verdad alguien te merece la pena, si realmente estás interesado en no perder a esa persona, tragarte tu orgullo sólo será un mal menor. Pero, por favor, no hagas como si quisieras arreglar algo con alguien por quien ni siquiera estés dispuesto a hacer eso.
viernes, 3 de junio de 2011
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